Con el monopolio indiano y los astilleros, llegaron harinas de refino variable y aceite necesario para empanadas y tortas. Los molinos ribereños, movidos por mareas y corrientes, ajustaron cernidos y tiempos, posibilitando molletes delicados en los mercados matinales y hogazas resistentes para las travesías, siempre aromadas por vientos salinos.
Las rutas con Italia y el sur de Francia difundieron cilindros, levadura prensada y panificados más ligeros. En la llanura valenciana, arroces convivieron con hornos de leña que ofrecían barras esbeltas; en Barcelona, el pa de pagès preservó identidad campesina mientras absorbía mejoras técnicas que afinaban greñas, cortezas y alveolado.